La sociedad de Candela
La muerte de Candela ha puesto en evidencia, una vez más, la naturalidad con la que el crimen organizado (con mayor o menor grado de organización) opera en la Argentina. Es necesario hacer todavía algunas precisiones más.
El crimen organizado no actúa en el vacío. Al contrario, requiere como condición necesaria de un sustrato social que le sirva cómo zócalo, proveyéndole mano de obra y, sobre todo, un medio donde desarrollar su empresa delictiva con posibilidades de mimetización. Esto último es lo más grave, porque prueba una sociedad en desintegración.
La precarización de la vida material y la subversión de la escala de valores, que ha elevado significativamente el umbral de tolerancia al delito (se empezó entronizando la típica “avivada”) forman un combo de miedo, que ha dado a los tiburones del crimen mansas aguas donde nadar.
Esta sociedad material y moralmente quebrada es la consecuencia lógica de gobiernos que han dedicado mandatos enteros a un único programa: una sucesión de pases cortos para ganar elecciones y mantenerse en el poder. Puede que no lo hayan querido, es cierto, pero lo lograron. La desidia de ayer, hoy es complicidad y, si se la continúa sosteniendo en el tiempo, hay que decirlo, es porque constituye su proyecto de país.
El reiterado pedido de justicia para Candela es una aspiración legítima. Puesto que su crimen lesiona el corazón mismo de nuestra convivencia, esa justicia deberá incluir necesariamente un aspecto social: la honesta reflexión sobre el país en que vivimos, más allá de los detalles del caso, para hacer con conciencia de resultados el único acto de justicia que un pueblo puede realizar con sus propias manos: votar.
Etiquetas: Candela, Elecciones, Justicia
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