Mula

Publicado 26 agosto, 2011 por universoagora
Categorías: Política Nacional

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La respuesta del oficialismo y de la justicia (que es otra forma de oficialismo en la Argentina) por las sospechas de fraude en las Primarias, demuestra su bajo compromiso con la calidad de nuestra democracia.

Hay dos operaciones argumentales en marcha. La primera consiste en limitar el concepto de fraude electoral a las maniobras que se realicen con el voto ya emitido por el elector. Es el pequeño concepto (estrictamente jurídico) de Tullio, director nacional electoral.

La segunda, tiende a normalizar lo que es anormal, reduciendo el fraude a las “picardías” de la jueza Servini de Cubría o los “errores materiales” del juez Blanco. Eligen no comprender que el fraude lo es en los efectos y que, por tanto, también esas picardías y esos errores trampean la voluntad del elector.

La sentencia de Lorenzetti es todavía más grave, por su cargo en la Corte y por fulminante. Su declaración de que “los resultados electorales no están en cuestión” es prejuzgamiento y confirma que, al final, no habrá una decisión innovadora de la justicia sobre el tema.

La convicción democrática parece ser más robusta en la sociedad que en la política. Por lo menos, en la parte más informada de esa sociedad. En el fondo, cualquier reforma a la ley electoral será una conquista de la ciudadanía “contra” (casi) toda la política. Este matiz es importante: no es lo mismo que en su base esté nuestra auténtica vocación democrática, que su apuesta táctica de malos perdedores. Si es esto último, probablemente no sigamos defendiendo estas banderas después de octubre; o no estemos ahí, vigilantes, para evitar que la política después de hacer la ley, haga la trampa.

Volviendo a lo primero, que la opción por focalizar en el árbol no nos impida ver el bosque. El fraude electoral más relevante reside en la pauperización y la analfabetización del pueblo, para esclavizarlo después con el clientelismo de los planes sociales focalizados. Esto también frustra la “autenticidad” de las elecciones que exige San José de Costa Rica (Art. 23)

La verdadera reforma electoral en la Argentina es en realidad una política universal (en serio) de integración social, con educación y trabajo digno  “para todos”.

Por algo se empieza.

…Para Cristina la reelección (y nada más)

Publicado 18 agosto, 2011 por universoagora
Categorías: Política Nacional

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Presidenciales y legislativas, las elecciones de octubre cobran cada vez más sustancia constituyente, por la envergadura del proyecto político plebiscitado y la cantidad de poder de que se lo dotará si se repiten los resultados del último domingo.

El programa kirchnerista configura una propuesta integral (de conductas, ideas y valores) no siempre explicitada, pero con potencialidad bastante para modificar aspectos fundamentales de nuestro acuerdo social básico. Este es el núcleo de la discusión. Que, como se dice, casi la absoluta mayoría de la mayoría absoluta que votó por el Gobierno lo haya hecho en atención a gratificaciones de corto plazo (dadas o logradas, es igual), demostraría que esto no ha sido dicho lo suficiente.

La propuesta de limitar el arbitrio presidencial con un Congreso opositor salva la República, pero no es una apuesta fácil. A la dificultad cultural del “corte de boleta” habrá que sumar otras. No se trata sólo de una cuestión cuantitativa (el número de escaños) Esconde un aspecto cualitativo determinante (quiénes se sentarán en ellos)

En este sentido hay varios peligros subyacentes.

Las propuestas más tradicionales traen consigo la amenaza de siempre: la propensión a los acuerdos corporativos. Así relajan el control a la gestión oficial y garantizan nombramientos en la justicia, el servicio exterior y las fuerzas armadas, a condición de participar también ellos del convite. Pruebas al canto.

Por su parte, el elenco de candidatos al Congreso de la fuerza progresista con más posibilidades, ha demostrado en el pasado su incapacidad para distinguir proclama de emboscada, y ha prestado su voto a importantes leyes kirchneristas seducido por la ideología de que se vale el relato oficial.  Un alarde de ingenuidad política que contraría la sagacidad y la consistencia que exige la hora.

Un último reaseguro consistiría en liberar al Congreso de la presión de los gobernadores de provincia que, de cualquier signo político que sean, desvirtúan la discusión parlamentaria al anteponer sus necesidades de coyuntura: recursos y obras del Estado nacional.

Tal vez no sea la política, sino la calidad de los recursos cívicos de nuestra sociedad, lo que sea puesto a prueba este octubre. Estamos frente a una elección compleja que deberemos afrontar con responsabilidad ciudadana; esa que sin dejar de ver el pan de hoy, focaliza sobre todo en evitar el hambre de mañana.

El Pianista del Cabaret

Publicado 2 agosto, 2011 por universoagora
Categorías: Política Nacional

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El derecho penal es el último de los dispositivos de que las sociedades se valen para regular la conducta de sus miembros. Una sociedad que solamente se conmueve ante la contundencia y las estrecheces del delito penal es una sociedad lenta de reflejos, que desprecia la ley y los valores.

Hacer un abordaje exclusivamente penal, como se viene haciendo, del escándalo por las propiedades del juez Zaffaroni entraña, además, innumerables riesgos prácticos. El juez mismo es un experto penalista (y un hábil justificador) y ejerce por sus años de docente y doctrinario un enorme ascendiente profesional y moral sobre muchos de los magistrados que deberán investigarlo. Este no es un dato menor en la Argentina de la “corrección política” y el prejuicio. Por último, lo que es obvio: no hay en el país tribunales dispuestos a juzgar al poder de turno.

El caso de Zaffaroni presenta otros matices, previos en todo caso a la responsabilidad penal, pero igualmente reprochables.

Zaffaroni no carece de lógica jurídica. Carece de todo lo demás. Su esfuerzo por agotar la explicación con conceptos jurídicos no es una virtud; al contrario, es de una limitación que espanta. El derecho no lo es todo en la vida.

La baja estima de Zaffaroni por la cuidadanía y las instituciones es la contracara de su soberbia intelectual y se ve clara en varios tramos de su respuesta pública. Así, en sus chistes inoportunos y su discurso complaciente, sin el menor atisbo de autocrítica; como si considerara que su función es un derecho adquirido por el que no debe rendir cuentas a nadie. Habla desde el privilegio. Está fuera de la República.

La confesada desaprensión con que el juez administra su patrimonio es prueba de su desconexión con la realidad. Y su indolencia moral queda demostrada con el silencio sobre la trata de personas y su explotación sexual con fines económicos; y en la completa falta de conmiseración por las eventuales víctimas de este delito, a las que no les ha dedicado ni una sola de sus palabras.

Es un buen momento para dar la discusión que no dimos al tiempo de su nombramiento. Es la vieja discusión sobre las cualidades y el comportamiento de los jueces, en cuya coherencia de vida se funda la legitimidad que da autoridad a sus sentencias. Juez honesto y decoroso no alcanza con serlo, se debe también parecerlo. Es probable que Zaffaroni (no es el único) no pase el test.


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