El Pianista del Cabaret

Publicado 2 agosto, 2011 por universoagora
Categorías: Política Nacional

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El derecho penal es el último de los dispositivos de que las sociedades se valen para regular la conducta de sus miembros. Una sociedad que solamente se conmueve ante la contundencia y las estrecheces del delito penal es una sociedad lenta de reflejos, que desprecia la ley y los valores.

Hacer un abordaje exclusivamente penal, como se viene haciendo, del escándalo por las propiedades del juez Zaffaroni entraña, además, innumerables riesgos prácticos. El juez mismo es un experto penalista (y un hábil justificador) y ejerce por sus años de docente y doctrinario un enorme ascendiente profesional y moral sobre muchos de los magistrados que deberán investigarlo. Este no es un dato menor en la Argentina de la “corrección política” y el prejuicio. Por último, lo que es obvio: no hay en el país tribunales dispuestos a juzgar al poder de turno.

El caso de Zaffaroni presenta otros matices, previos en todo caso a la responsabilidad penal, pero igualmente reprochables.

Zaffaroni no carece de lógica jurídica. Carece de todo lo demás. Su esfuerzo por agotar la explicación con conceptos jurídicos no es una virtud; al contrario, es de una limitación que espanta. El derecho no lo es todo en la vida.

La baja estima de Zaffaroni por la cuidadanía y las instituciones es la contracara de su soberbia intelectual y se ve clara en varios tramos de su respuesta pública. Así, en sus chistes inoportunos y su discurso complaciente, sin el menor atisbo de autocrítica; como si considerara que su función es un derecho adquirido por el que no debe rendir cuentas a nadie. Habla desde el privilegio. Está fuera de la República.

La confesada desaprensión con que el juez administra su patrimonio es prueba de su desconexión con la realidad. Y su indolencia moral queda demostrada con el silencio sobre la trata de personas y su explotación sexual con fines económicos; y en la completa falta de conmiseración por las eventuales víctimas de este delito, a las que no les ha dedicado ni una sola de sus palabras.

Es un buen momento para dar la discusión que no dimos al tiempo de su nombramiento. Es la vieja discusión sobre las cualidades y el comportamiento de los jueces, en cuya coherencia de vida se funda la legitimidad que da autoridad a sus sentencias. Juez honesto y decoroso no alcanza con serlo, se debe también parecerlo. Es probable que Zaffaroni (no es el único) no pase el test.

Ascos y ascos

Publicado 18 julio, 2011 por universoagora
Categorías: Política Nacional

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Cuando la clave del éxito en la construcción del imaginario kirchnerista consistió en apropiarse del andamiaje argumental (y la liturgia) del tal progresismo intelectual argentino, las palabras de Fito se vuelven graves.

Lo que antes no hubiese pasado de ser una anécdota de color de un artista extravagante, a quien se permite por su genialidad decir lo impolítico para despabilar a la masa adormecida, es ahora el principal insumo legitimador de una de las mitades de un país estratégicamente fragmentado.  Con un detalle más, triste para la vocación crítica de los Fitos: de la mitad que detenta el poder (y pretende conservarlo)

El problema del asco es otra cosa.

El asco, que es importante para las personas, porque nos aleja, por repulsión, de lo que nos causa daño o amenaza nuestra subsistencia, también cumple una función importante en el grupo: nos ayuda por la negativa a calibrar la escala de valores que vertebra nuestras sociedades.

El desafío consiste en decidir colectivamente hacia dónde dirigir el asco y así crear las condiciones para no reincidir en repetidos errores y poner de una vez los límites que debieron haber sido puestos antes. Crecer.

En lugar de asquearnos entre nosotros, apostemos por dirigir unánimemente el asco, siempre de modo impersonal, hacia las cosas que verdaderamente asquean, cualquiera que sea quien las actúe, como el doble discurso; la corrupción; la arbitrariedad en el manejo del poder público; la muerte por hambre en un país con recursos; la pauperización material y espiritual del pueblo; y la clientelización de los pauperizados.

Decidamos rechazar con fuerza de asco aquello que no queremos seguir siendo, para abocarnos por fin a la construcción de los que sí merecemos ser.

PROscripciones

Publicado 26 mayo, 2011 por universoagora
Categorías: Política Nacional

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La impugnación presentada por Eduardo Barcesat contra la candidatura de Mauricio Macri es técnicamente sólida y, bien mirada, significa un avance del derecho en el sentido de la civilización.

La excusa de la ubicación sistemática del artículo es pura rudeza; y la apuesta por salvar a los candidatos electivos de las condiciones que se exigen para los funcionarios designados, es una injusticia que violenta la igualdad y crea un privilegio que repugna a la República.

Sólo queda espacio para preguntarse sobre la eventual colisión entre una prohibición semejante y el principio de inocencia, no del todo horadado por la imputación, que sustenta nuestro sistema procesal. La celeridad de los juicios, remedio para tantas otras falencias, es también aquí la solución propicia (y la condición imprescindible)

Los argumentos que desaconsejan la procedencia de la impugnación no pertenecen al derecho; residen en la política. Es el caso de los resultados que condenan la interpretación.

Fuera ya de la teoría, es palmaria la falta de intención de nuestra dirigencia para hacer una aplicación general de la supuesta regla, de modo que beneficie (o perjudique) a todos; y la larga mano de la política, con probada capacidad para incidir sobre magistrados vulnerables y vulnerados, para hacerse administrar una justicia a medida de sus intereses.

Nuestra dirigencia política y judicial es todavía incapaz de brindar las garantías necesarias para dar un salto de tal calidad. Incluso es fácil imaginarla usando mal el buen dispositivo, para trabar el ingreso de ciudadanos honestos al redil electoral.

Logrado producto de la inteligencia jurídica puesto al servicio de una operación de vuelo rasante. Naturaleza de principio ético que, caído en manos equivocadas, tiene el peligroso efecto de la proscripción.


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