El derecho penal es el último de los dispositivos de que las sociedades se valen para regular la conducta de sus miembros. Una sociedad que solamente se conmueve ante la contundencia y las estrecheces del delito penal es una sociedad lenta de reflejos, que desprecia la ley y los valores.
Hacer un abordaje exclusivamente penal, como se viene haciendo, del escándalo por las propiedades del juez Zaffaroni entraña, además, innumerables riesgos prácticos. El juez mismo es un experto penalista (y un hábil justificador) y ejerce por sus años de docente y doctrinario un enorme ascendiente profesional y moral sobre muchos de los magistrados que deberán investigarlo. Este no es un dato menor en la Argentina de la “corrección política” y el prejuicio. Por último, lo que es obvio: no hay en el país tribunales dispuestos a juzgar al poder de turno.
El caso de Zaffaroni presenta otros matices, previos en todo caso a la responsabilidad penal, pero igualmente reprochables.
Zaffaroni no carece de lógica jurídica. Carece de todo lo demás. Su esfuerzo por agotar la explicación con conceptos jurídicos no es una virtud; al contrario, es de una limitación que espanta. El derecho no lo es todo en la vida.
La baja estima de Zaffaroni por la cuidadanía y las instituciones es la contracara de su soberbia intelectual y se ve clara en varios tramos de su respuesta pública. Así, en sus chistes inoportunos y su discurso complaciente, sin el menor atisbo de autocrítica; como si considerara que su función es un derecho adquirido por el que no debe rendir cuentas a nadie. Habla desde el privilegio. Está fuera de la República.
La confesada desaprensión con que el juez administra su patrimonio es prueba de su desconexión con la realidad. Y su indolencia moral queda demostrada con el silencio sobre la trata de personas y su explotación sexual con fines económicos; y en la completa falta de conmiseración por las eventuales víctimas de este delito, a las que no les ha dedicado ni una sola de sus palabras.
Es un buen momento para dar la discusión que no dimos al tiempo de su nombramiento. Es la vieja discusión sobre las cualidades y el comportamiento de los jueces, en cuya coherencia de vida se funda la legitimidad que da autoridad a sus sentencias. Juez honesto y decoroso no alcanza con serlo, se debe también parecerlo. Es probable que Zaffaroni (no es el único) no pase el test.